Romantic Piano 2.0

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Pedro Mariné e Isabel Dombriz, piano a dos y cuatro manos (14/2/2015)

San Valentín atacaba de nuevo, y en Lo Otro creímos que la mejor manera de evitarlo… era cayendo en él. Y a a cuatro manos, claro. Y acertamos de lleno: la noche del 14 de febrero tuvimos un house concert certificado 100% romántico de pura cepa. Una selección del mejor repertorio del romanticismo para piano, con joyas del siglo XIX firmadas por los compositores top five del gran pianismo romántico: Chopin, Brahms, Liszt, Schumann y Schubert.

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Nos lo ofrecieron los pianistas Pedro Mariné e Isabel Dombriz, que no sólo tocaron a dos y cuatro manos, sino que además nos explicaron las piezas y los cotilleos de la vida amorosa de los compositores. La velada arrancó con Robert Schumann, de las manos de Pedro Mariné, que a través de ‘Des Abends’ (Op. 12 n.1) y el intermezzo en mi bemol menor (Op. 26, n. 4) nos introdujo perfectamente en el universo bipolar del compositor: el melancólico Eusebius y el eufórico Florestán, pseudónimos y ‘alter egos’ schumannianos de contrario carácter. Para delicia del público, Mariné explicó los detalles biográfico-sentimentales del compositor: su extenuante lucha por conseguir la mano de Clara Wieck, pianista prodigio hija de su maestro; la amistad del matrimonio con un joven Brahms que se enamoró perdidamente de Clara; el epistolario entre éstos tras la muerte de Robert… De los últimos trabajos para piano de Brahms, verdaderas joyas de madurez, Pedro nos regaló el intermezzo en la mayor (Op. 118 n. 2) y el intermezzo en si bemol menor (Op. 117 n. 2), declamados con sonido redondo, lleno y denso que tan bien suele sentarle a la producción brahmsiana.

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Schubert llegó con su impromptu en mi bemol mayor (Op. 90 n. 2), que sirvió de preludio a la hermosísima Fantasía en fa menor para cuatro manos, D940, para la que Isabel Dombriz entró en escena. El mundo interior de Schubert –qué mundo– habita plenamente en esta creación, que se nos ofreció tejida de fina sensibilidad y buen entendimiento –nada fácil de conseguir– entre los dos pianistas, y sus respectivas cuatro manos y veinte dedos. Isabel tomó el relevo para contarnos el amor a tercera vista (por lo menos) entre Chopin y George Sand, antes del nocturno en do sostenido menor, opus póstumo, que sonó en delicadísimo y susurrado color. Pero quedaba ‘El valle de Obermann’ de Liszt, el último de los compositores de la noche, para mostrarnos el nutridísimo registro sonoro que Dombriz supo exprimir de nuestro Mason & Hamlin: desde los recitativos, hondos, elegantes e introspectivos, hasta las impecables cascadas de octavas del Liszt más eufórico evidenciaron un pianismo de altura y calado. Un auténtico placer auditivo que culminó el programa, aunque quedaban dos sorpresas: la primera, la ‘Serenata’ de Schubert en arreglo para cuatro manos, que sonó como “bis obligado” en el Yamaha C3 del Café Central.

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Pero ¿qué hacer ante un público entregado que no para de aplaudir? Pues regalar un último guiño cómico: bajar a toda prisa al piso de abajo, lanzarse a tocar un can-can, hacer malabarismos para cambiar de banqueta sin parar de tocar, y despedir con un inmejorable sabor de boca a un público que entró enamorado y salió prendado. ¡Bravi!

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